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El gato con peces rojos, 1914. Obra de Matisse |
Henri Matisse, pintor de la felicidad
de A. F. Molina
«Quiero —anotó Matisse— que el hombre cansado, agotado por demasiado trabajo, goce ante mi pintura de la tranquilidad y el reposo». Y esta afirmación, que traduce la clara idea que tenía de su misión como artista, llegó a hacerse realidad en su obra.
Nacido en Gateau-Cambresis el día último del año 1869, hijo de un tratante en granos, nada en su infancia y en su adolescencia parecía indicar que estaba destinado a ser uno de los creadores plásticos más importantes de su tiempo. Durante un año asistió en París a las clases de la Facultad de Derecho, sin que durante él se le ocurriera visitar ningún museo ni asistir a salas de exposiciones, y después volvió a su provincia para empezar a trabajar como pasante con un abogado. Pero en 1890, cuando Matisse iba a cumplir los 21 años, aconteció lo maravilloso. Cayó enfermo y, para que se entretuviera durante la convalecencia, su madre le regaló una caja de pinturas. Cuando empezó a manejarlas descubrió un mundo nuevo. A partir de ese momento su vida había cambiado. Ya no querría ser ni sería otra cosa que pintor. Cuando se restableció tomó algunas clases de dibujo en su ciudad natal, y poco después convenció a sus padres para trasladarse a estudiar pintura a París. Allí asistió a la famosa Academia Julian, donde, enseguida, hizo amistad con Albert Marquet.
Pero el acontecimiento más importante de este período fue el descubrimiento que de él hiciera Gustave Moreau, que, en 1895, se interesó por su trabajo y le admitió en su estudio sin examen previo, anunciándole con una clara visión de futuro: «Usted simplificará la pintura».
Quien llegara a ser uno de los grandes maestros del color, antes de dominar su técnica se dedicó a estudiar muy metódicamente las variaciones de la luz dentro de una gama muy sobria. Espíritu muy ordenado, llegó con el tiempo a las mayores audacias con el color, a lo largo de un proceso lógico de paulatinas conquistas. Durante mucho tiempo estudió y copió en el Louvre a maestros como Poussin, Chardin y Ruisdael, que jugaron un papel muy importante en el desenvolvimiento de su obra. Mientras tanto, en el estudio de Moreau hizo amistad con Rouault, Camoi, Manguin. Poco después conoció a Raoul Dufy, con quien tantas afinidades artísticas tiene en su obra y sobre quien ejercería una poderosa influencia.
Un encuentro decisivo fue el del pintor y coleccionista australiano Jean Rusell, que le hizo interesarse por Van Gogh y le puso en contacto con Pissarro y Rodin. El primero influyó decisivamente para que se entregara a la aventura del color y Rodin le hizo interesarse por la escultura, donde lograría tantas obras maestras que han sido fundamentales para el desenvolvimiento posterior de otros escultores. A partir de este momento, la evolución controlada de Matisse se aceleró, prosiguiendo una especie de explosión cromática, aunque dirigida, pues tenía presente la lección de Cézanne, cuya pintura le enseñó que los tonos de las pinturas son fuerzas que es preciso equilibrar en sus relaciones. Mientras tanto, Matisse se había casado, pero su arte no le daba lo suficiente para salir holgadamente adelante. Su esposa le ayudaba regentando una tienda de moda y en los ratos libres posaba para él.
El artista se iba imponiendo en las diversas técnicas plásticas, y andando el tiempo lograría una maestría muy diversa, que le valió de punto de apoyo para realizar, y con medios tan simples como revolucionarios, las grandes obras, síntesis de toda su experiencia, de los últimos años de su vida.
La primera exposición de Matisse tuvo lugar en 1904 en la Galería Vollard. En ella ya destacaban sus cualidades de colorista, que durante los años 1905-1908 desembocó en su período fauve. Por entonces un coleccionista, antiguo compañero de Gauguin, le mostró unos cuadros de temas tahitianos de su amigo que aún eran desconocidos del público francés. Eso constituyó el definitivo descubrimiento que le sirviera para encontrarse a sí mismo. A partir de ese momento tomó conciencia de sus posibilidades y del camino que había de seguir. Las reminiscencias puntillistas que había en sus cuadros y las pinceladas aceleradas las abandonó definitivamente para, profundizando en la exaltación del color, proseguir por un camino de simplificación que le llevaría en sus mejores obras a suprimir todo elemento accesorio del cuadro para armonizar color, composición y línea en un todo armónico que hacen realidad las palabras de Matisse cuando dijo: «Lo que sueño es un arte de equilibrio, de pureza, de tranquilidad».
En él la calma, el orden y la ponderación clásicas del francés tradicional, típico, están empapadas de una vitalidad plenamente contemporánea. Matisse realiza en su obra la hazaña de aunar los más distintos saberes y suscitaciones en el tiempo y en el espacio con lo plenamente moderno que se abre al porvenir. Es también una obra de sugestivas suscitaciones musicales y poéticas. Y su proximidad con la poesía tomó fuerza especialmente en las obras que realizara para acompañar textos poéticos, como los de Mallarmé y Ronsard.
Su curiosidad y su inquietud estética le llevaron a hacer diversos viajes a distintas partes del mundo. Influyeron más decisivamente en su pintura los realizados a África, Asia y a la Polinesia. De los distintos lugares por los que pasó captó ritmos lineales nuevos, renovados matices en la luz, siempre dentro del vitalismo optimista de su obra.
Al mismo tiempo su fama y su influencia se extendían por todo el mundo, y sus obras se las disputaban los más importantes coleccionistas. Ello le decidió a abrir una academia propia que estuvo funcionando entre 1908 y 1911.
A partir de 1921, aunque siguiera conservando su domicilio en París, eligió para trabajar un lugar tranquilo, grato a su obra, próximo a la costa del Mediterráneo. Con su tarea de pintor alternaba la de escultor y ceramista. También realizó en algunas ocasiones decorados y figurines teatrales. En todas estas actividades mantuvo el mismo sosegado apasionamiento de exaltación del color, simplificación de la composición y expresividad de la línea. De 1948 a 1951 se dedicó a trabajar en la capilla de las dominicas de Vence, encargado de una realización de la que formaban parte la arquitectura, los murales, vidrieras, cerámicas y ornamentos litúrgicos. Esta obra es una síntesis de su sabiduría estética, concebida en la cumbre de su experiencia, en la que, a pesar de lo avanzado de su edad, se mantiene una espontaneidad juvenil cargada de una densidad que se está enriqueciendo constantemente.
Desde 1948 había renunciado a la pintura al óleo y al cuadro de caballete. En estos años renueva sus procedimientos. Desde 1950 hasta su muerte, en 1954, hizo muchos dibujos en blanco y negro de una gran simplicidad y fuerza expresivas. También realizó composiciones de gran tamaño con papeles coloreados de guache y recortados con tijeras. Estas obras suponen, además de una renovación dentro de la forma ya tradicional en el arte moderno del collage, un logro personal en sí. El modo de recortar y pegar se diferenciaba del habitual en aquel en que el resultado plástico de Matisse es una consecuencia de la relación forma-color, buscada de manera calculada y plenamente consciente por el artista. Sin que quede ningún resquicio a las posibles aportaciones del azar. Esta obra incorpora, sin utilizar las posibilidades del volumen, alguna de las consecuencias plásticas da la escultura, por la seguridad del diseño y la rotundidez que comunica a las formas. Y esta es, sin duda, una de las conquistas máximas que Matisse aportara al arte de nuestro siglo.
Su sentido de lo decorativo, en la más noble acepción de la palabra, contribuyó a devolver a la pintura uno de sus más ancestrales encantos que estaban en peligro de desaparecer. Su obra celebra la belleza de lo creado. Árboles, flores, el aire, las figuras armonizan con las ventanas abiertas, objetos, muebles, paredes, tejidos que se sumen en una luz plena de optimismo armónico. Su pintura invita a una aceptación optimista de la vida abierta al aire libre de una límpida atmósfera.
Si él nos enseña a buscar y a amar lo bello en lo que nos rodea, también quiere que esta belleza forme parte de la intención de nuestros sentimientos.
© Herederos de Antonio Fernández Molina
[El artículo procede de un recorte encontrado en el Archivo Fernández Molina de un número del boletín del colegio Santo Tomás de Aquino, sin fecha, puesto que no se encuentra completo].
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